Epílogo. Volvemos sanos y salvos.

Y llegamos al Sur por fin, a Eyrarbakki. Cuenta la guía que fue el principal puerto de toda Islandia hasta bien entrado el Siglo XX, y la verdad es que nos resulta difícil de creer. El pueblo, que tiene cerca de 600 habitantes es un lugar lúgubre, con casas oxidadas y bajo el cielo gris plomizo parece que para construirlo se hayan inspirado en un video juego de terror, como Resident Evil. Bromeamos con este último aspecto, e incluso pensamos que en cualquier momento nos va a aparecer Chris Redfield diciendo que nos pongamos a cubierto.

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Vestigios de tiempos pasados.

 

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Secaderos de pescado junto al muelle.

 

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Guest House.

 

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Calle principal de Eyrarbakki.

 

Vamos pedaleando suavemente por la calle principal, y pasamos por un Guest House en donde nos comentan que están completos, pero que hay un camping a la salida del pueblo. Seguimos zascandileando un rato por las escasas edificaciones y nos acercamos a Husið, que viene a significar en castellano “La casa” y es una de las construcciones más antiguas de Islandia. Fue construida por mercaderes daneses en 1765 y actualmente es un pequeño museo en donde se explica la historia del pueblo, nos pasamos después por el museo marítimo y detrás de las escaleras observamos un montón de pescado, llegamos a la conclusión de que es bacalao colgado de una cuerda secándose. Tras dar un pequeño paseo a pie por el viejo y abandonado puerto decidimos acercarnos al camping que no es más que un pequeño descampado de hierba junto a la playa. Hay montadas un par de tiendas y una caravana, nosotros montamos la tienda junto a una mesa en donde al menos cenaremos sentados. Tras arreglar un poco nuestros míseros enseres nos dirigimos hacía la única tienda que hay en la localidad que acaba estando al final de la calle principal, compramos algo para la cena más un par de cervezas bastante descafeinadas y nos vamos a pasear de nuevo por el puerto, pasamos un largo rato por allí comentando que lo más duro de la travesía ya lo hemos hecho y que ahora solo nos toca ir sumando kilómetros ya que apenas nos quedan 130 kilómetros en un par de días y por carreteras secundarias.

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Acampando.

 

Volvemos a la tienda y allí me pilla algo de frío, me pongo el plumón y me meto dentro del saco. Algo no va bien. Imagino que es el cansancio, la tensión y el frío acumulado de estas dos semanas de travesía, llegar al Sur me ha relajado enormemente a pesar de que aún nos quedan dos días para llegar, sufro un pequeño bajón físico aunque afortunadamente vuelvo a entrar en calor y acompaño a Jordi en la cena aunque no me apetece comer nada salvo un poco de queso y algo de dulce.

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La cena en Eyrarbakki.

 

Mientras van llegando otros campistas a montar sus tiendas, nos damos cuenta de que es bastante tarde, así que decidimos meternos en el saco y descansar un rato hasta que llegue el nuevo día. El penúltimo.

Como os he ido diciendo en alguna ocasión, los servicios no son demasiado buenos de cara la turista en la isla. Aunque este camping cuenta con lo básico como es ducha, mesas, lavabo y un espacio para lavar los enseres no dejan de ser lugares precarios lejos de cualquier comodidad. Nos levantamos y tras desayunar en un pequeño techado anexo al edifico del camping, tendemos la tienda bajo este mismo techo para que se seque de la lluvia que anda cayendo y vamos recogiendo poco a poco, sin prisas. Hoy nos espera una pequeña carretera hacia Grindavik, en lo que será nuestra última noche durante la travesía.

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Primeros kilómetros… la tormenta nos viene de frente.

 

Partimos de nuevo, por la 34, una carretera que va por todo el Sur y al poco cruzamos una manga de tierra, un puente que bajo la niebla y la poca lluvia que cae nos parece un paisaje de catálogo. Rodamos maravillados teniendo mar a uno y otro lado de nuestros navíos y así, marcando un ritmo pausado y bien abrigados ya que hace frío llegamos a þorlákshöfn, un pueblo algo más grande que el de Eyrarbakki, y con un fuerte olor a mar y a pescado. Paramos en una cafetería hasta que deja de llover y emprendemos de nuevo rumbo al oeste. Rumbo a Grindavik. La carretera por la que pasamos no contienen nada de tráfico ya que todo el tráfico se lo lleva la Ring Road, unos kilómetros más al norte. Rodamos tranquilos muy cerca de la costa, la visualizamos en todo momento y nos maravillamos de la cantidad de aves, de la inmensa cantidad de aves que pueblan las lindes de la carretera y la costa. Es un magnifico parque natural. Las aves no paran de sobrevolarnos a decenas, e incluso las más territoriales llegan a increparnos o incluso a rozarnos aunque nada reseñable más que el típico susto.

Presagiamos tormenta un poco más adelante ya que el cielo se está cerrando muy rápidamente, que curioso que hace algunos minutos visualizábamos el sol reflejado en el mar, pero una vez más el tiempo tan cambiante de Islandia hace su aparición, y se destapa la caja de los truenos y nos cae todo el cielo en nuestras cabezas, resulta desesperante estos cambios tan bruscos de temperatura y de tiempo ya que nunca aciertas con la ropa que has de llevar puesta ni el ritmo, así que paramos rápidamente y nos ponemos de nuevo en modo “Capitán Pescanova” y continuamos la marcha sin apenas ver diez metros de lo que tenemos por delante. Y así, cabizbajos, empapados y muertos de frío llegamos a Grindavik tras 73 kilómetros de unos paisajes de cuentos de elfos.

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A mal tiempo…

 

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Últimos kilómetros del día. El enfriamiento empieza a ser preocupante.

 

Llegar a acampar a un lugar empapado no es nada fácil. Te has de quitar la ropa como vas pudiendo, intentar dejarla sobre algún lugar seco, secarte haciendo malabarismos de pie y volverte a poner la ropa seca procurando no mancharla ni secarla. Esto es lo que hemos hecho durante casi todos los días, y hoy no iba a ser la excepción. Aún así tras llegar al camping y darnos una reparadora ducha salimos una vez más victoriosos. El camping de Grindavik sin duda es uno de los mejores que hemos visitado y tiene todas las comodidades del mundo, incluida una zona de estar donde pasamos la tarde bien calentitos charlando y al haber wifi, como no… retomamos contacto con la realidad, ¿O es la virtualidad? Sea como sea pasamos una tarde apacible charlando con otros cicloturistas de otros países e intercambiando información y experiencias. Unos empiezan justo la ruta y otros como nosotros, la acabamos. Al salir de nuevo el sol pasamos a tender toda la ropa para que se seque y nos vamos a recorrer el pueblo, que la verdad es que salvo algunas construcciones no tiene un atractivo demasiado especial. Grindavik es uno de los centros pesqueros más importantes de Islandia, y se nota por la ferviente actividad que rebosan los muelles y los barcos atracados en ellos, pero poco más. Vamos al súper a pillar la cena y el desayuno del día siguiente y regresamos al camping a cenar y a seguir compartiendo conversación con la gente que hemos ido conociendo a lo largo del día. Y así pasan las horas hasta que nos acostamos.

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Acampando en Grindavik.

 

 

Amanece por decirlo de alguna manera, ya que el sol no se ha puesto en ningún momento y nos vamos a la zona de estar a desayunar, el día está radiante. El Sol deslumbra como ningún día aunque hace algo de viento, esta vez de componente norte.

Vamos montando lentamente las bicis, y nos vamos despidiendo de la gente que hemos ido conociendo. Estrechamiento de manos, nos damos las direcciones de los blogs, de Facebook y un largo etc. Una enorme sonrisa, un “mucha suerte” y emprendemos nuestro último día de viaje. Miro atrás al camping, a la localidad y ya no me parece tan plomiza como ayer. Empiezo a sentir nostalgia del viaje realizado sin haberlo acabado, así que me centro en conducir la bici y me olvido de eso por unos instantes.

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Llegando al faro.

Seguimos rumbo al Oeste, en dirección a la zona geotermal de Gunnuhver, y llegamos al extremo suroeste de la península, y el paisaje se llena de riscos volcánicos y cráteres. En el parque hay varias centrales geotermales que aprovechan el calor para producir sal a partir del agua de mar y proporcionar electricidad a la red nacional, nos salimos de la carretera y atravesamos un camino en dirección al faro de Reykjanes. Cuenta la historia que el primer faro que se construyo en Islandia fue en Valahnukur en Reykjanes en el año 1878. En 1905 debido a un terremoto se derrumbo en el mar. Se volvió a construir otro faro pero en esta ocasión se hizo sobre la colina Baejarfell, pasamos de largo el faro y tras una pequeña bajada aparecemos en los acantilados. Está lleno de turistas, que poco a poco van desapareciendo cuando los autobuses parten.

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Sobran palabras.

 

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Hacia las fumarolas.

 

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Zona geotermal.

 

Así que nos vamos quedando solos y logramos refugiarnos del viento en un pequeño saliente del acantilado con vistas al pequeño islote de Eldey. El mar golpea sobre los salientes rocosos a consecuencia del viento, y así con uno de los programas de televisión más antiguos del mundo, tomamos un ultimo tentempié antes de desandar el camino andado y visitar la zona geotermal. Damos una pequeña vuelta por allí y nos dejamos seducir de nuevo por enormes fumarolas y erupciones de vapor. Tras tomar unas imágenes salimos de nuevo a la carretera que nos ha de llevar hacía el Norte, hacía el aeropuerto, hacía Keflavik. Empezamos a rodar muy lentos ya que tenemos el viento de cara y ahora si, me asaltan todos lo recuerdos vividos, las experiencias y el sufrimiento del clima y del camino. El aeropuerto queda a la vista.

Me viene a la mente el retraso de dos días para recibir nuestras bicis y como nos sentimos de indefensos, la llegada a Hella y como nos recibió una tremenda ventolera que hizo volar los cascos de la bici al dejarlos en el suelo. La primera noche en la que no pegamos ojo por el viento y que tuvimos que salir varias veces de la tienda para fortalecer los vientos y evitar que cayera. Como nos rescató el segundo día un autobús 4×4 camino de Landmannalaugar por que no podíamos continuar a causa del mal tiempo y el estado del terreno. La belleza de aquel lugar así como la entrada a la Sprengisandur. Días de soledad entre piedras, arena y glaciares, tierra de forajidos. La llegada al Norte y la vuelta hacía al Sur por Kjölur. Nombres propios como Nydalur, Godafoss, Akureyri, Reykjavik, Afangi, El Parque nacional de Pingvellir, la cascada de Gullfoss, Geysir y un largo etc. Fumarolas, enormes cascadas, glaciares, ríos y lagos interminables…. Experiencias únicas que voy a guardar siempre muy dentro de mí. Aunque ha sido un viaje difícil por las inclemencias del tiempo y la particularidad del paisaje esto no la ha restado un ápice de belleza. Dormir en absoluta soledad a unos pocos kilómetros del glaciar más grande de Europa es digno de recordar durante mucho tiempo, quizás durante el resto de mi vida.

Pienso en curiosidades como que estuviera prohibida la cerveza hasta el año 1989, que tienen 13 Papa Noeles, o que no tienen apellidos familiares, que los perritos calientes llevan tres salsas y dos tipos de cebolla, el agua caliente es gratis y hay más ovejas que habitantes. Islandia también es Björk, o los Sigur Ros.

Hemos tenido pocas comodidades y muchas alegrías, hemos sentido la fuerza de la naturaleza como no lo habíamos hecho en ningún lugar del planeta. Esta isla tiene algo especial y mucho de mágico. Islandia es Tierra de Elfos, de leyendas, de fuego, de volcanes, de hielo, de gente dura, de sagas nórdicas legendarias, de duendes, de hadas que habitan valles y montañas, de monstruos que viven en lagos. Puedes creer en ellos o no, da igual. A nosotros nos pidieron que los respetáramos al cruzar las tierras altas y sus montañas, y así lo hicimos.

 

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