Estos marineros de agua dulce regresan a puerto.

No sé si recordareis la peli de Orson Wells, Citizen Kane. En la primera escena los labios de un moribundo musitan: “Rosebud”, más tarde se anuncia que un multimillonario, magnate de la prensa y de la política ha fallecido en Xanadú, su palacio de Florida. Un redactor jefe que se siente frustrado por no saber quien era realmente Charles Foster Kane, encarga una investigación para que averigüe el significado de esa palabra, y así se inicia la trama de una de las mejores películas de la historia según muchas listas. La palabra Rosebud resonó durante mucho tiempo en mi mente en mi infancia, de la misma manera que llevo mucho tiempo con una palabra metida en la cabeza, y más estos últimos días. Esa palabra es un lugar, un emplazamiento en pleno Circulo dorado de Islandia, un punto en esta isla que siempre soñé con visitar, y que si todo va bien, hoy por fin estará cumplido.

Thingvellir, el lugar a donde nos dirigimos hoy es una especie de herida abierta por donde surgió de los océanos Islandia y es la parte más elevada y visible de la dorsal atlántica. En esta parte, en el Atlántico Norte separa la placa euroasiática de la Norteamericana y es realmente espectacular. Contemplar estas líneas de fallas te hace pensar en la fuerza que tiene la naturaleza, que por una parte está muy viva en esta isla y por otro lado te hace sentir inmensamente pequeño como ser humano comparado con esta terrible fuerza.

Por otro lado, El Valle de Thingvellir tiene un segundo aspecto, un valor añadido y es el histórico ya que en la parte oeste del parque se encuentra el lugar (El Lögberg, la roca de la ley) situado en medio de las crestas y las fallas, en donde se reunió durante siglos el parlamento islandés. Hoy en día el parque pertenece al Patrimonio de la humanidad y aquí se encuentra también la residencia de verano del Presidente del país.

Como decía, me he levantado con ese pensamiento en la cabeza y tras la ducha de la mañana vemos que nos han servido el desayuno, que resulta ser el más completo de todo nuestro viaje, incluso me permito el lujo de pedirle a la dueña del Guest House si puede lavarme la ropa y con una enorme sonrisa me dice:

– Ningún problema, pero tendrás que esperar un par de horas.

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¡Gasolina de la buena!

Como no tenemos prisa ya que el día nos lo hemos planteado relajado, ya que apenas hay 56 kilómetros y son todos por carretera aprovechamos para salir a la terraza, ordenar nuestros enseres y charlar un rato sobre lo que nos va deparando el viaje que no es poco.

Rozando las once de la mañana nos ponemos en marcha por la F35 hasta llegar a un cruce con la F37 en donde nos desviamos a la derecha en dirección a Laugarvatn, y como no, unos pocos kilómetros antes de llegar comienza a llover.

Al llegar a la localidad pasamos ante los baños Fontana y nos detenemos a comer algo y a resguardarnos del incesante agua que no deja de caer. Nos tomamos un café muy calentito en la terraza y dejamos pasar el tiempo con tranquilidad conversando sobre futuros planes y nuevos viajes.

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Nuestros navíos en buen puerto.

Vemos entrar y salir a la gente, y es curioso ver como algunas personas van en bermudas y camiseta corta, y otras con plumón y botas. Islandia es así, hay miles de contrastes en un día. Nosotros, vamos uniformados como si fuera pleno invierno en la península. La temperatura y a fin de cuentas la sensación térmica ronda entre los cuatro y los diez grados. Aunque si es verdad que alguna vez hemos llegado a los doce o catorce grados. Pleno verano dicen…

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En eso que decidimos montar en nuestras bicis y echar el último tramo hasta el parque de Thingvellir y lo hacemos por una carretera con algo más de tráfico a lo que estamos acostumbrados, sobretodo vienen bastantes vehículos de cara, lo que nos hacen suponer que van hacía Geysir para iniciar la visita al Circulo dorado, nosotros como siempre a lo nuestro, golpe de pedal tras golpe de pedal y así vamos llegando al ritmo de las mariposas al cruce con la 36 donde nos mete ya de lleno en el Parque, que resulta estar bañado por El Lago Pingvallavatn. Es el lago natural más grande del país, ocupa una extensión de más de 84 kilómetros cuadrados y llega a tener una profundidad máxima de 114 metros. Es un lugar perfecto para los amantes del buceo ya que sus aguas son muy claras y hay un montón de grutas, grietas y fallas que explorar, aunque nosotros no hemos venido a eso, quizás en otra ocasión.

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Un rincón del lago.

Al arribar a la pequeña carretera que bordea todo el parque seguimos en dirección ascendente y ya podemos ver el cambio de vegetación, aunque realmente Islandia es un país con muy pocos bosques ya que los colonizadores lo emplearon hace siglos para la construcción de barcos, casas y sobretodo como combustible, lo que hizo que casi desaparecieran los bosques. Hoy en día hay un plan de reforestación en toda la isla para recuperar el patrimonio silvícola de Islandia aunque de nuevo, tienen mucho por hacer. La carretera hace una enorme curva en plena subida y hay un pequeño mirador, nos detenemos a contemplar durante unos minutos todo el paisaje, que es esplendido, fastuoso.

– Vale la pena, ¿verdad? Le comento a Jordi.
– La vale tío, la vale. ¿Vamos hasta el centro de información y preguntamos por la zona de acampada?

Encalamos y salimos de nuevo a la estrecha carretera que nos ha de llevar al centro de información, hay un pequeño restaurante y una tienda en el mismo edificio así que nos marcamos un par de hot dogs cada uno y nos sentamos tranquilamente en la terraza mientras vemos discurrir todo tipo de turistas que van y vienen. Tras acabarnos las salchichas típicas islandesas nos acercamos a la zona de acampada que vuelve a ser una zona bastante precaria y nos instalamos entre unos arbustos para intentar no ser pasto del viento una noche más. Tras un rato tumbados en las esterillas charlando el cielo se va poniendo bastante más negro de lo normal. Tiene pinta de llover de nuevo así que aceleramos la ducha, la preparación de la cena y nos metemos en la tienda. Mañana haremos la visita al parque.

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Zona de información y restaurante.

No sé si he comentado en algún momento que en Islandia, en pleno verano es de día prácticamente las 24 horas. Las noches en Junio son claras y blancas y nunca acaba de ponerse el sol en el Norte, de hecho en la isla de Grímsey, en pleno centro polar Ártico se puede observar el sol de medianoche. Nosotros teníamos que dormir con un buff a modo de máscara en los ojos ya que la tienda dejaba filtrar toda la luz y sino se nos habría hecho muy difícil conciliar el sueño.

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Nuestro castillo y galeones. Pura vida.

Y dicho esto y tras pasar otra noche “clara y blanca” nos despertamos con el firme propósito de visitar el parque y llegar a Selfoss, penúltima parada de nuestra particular travesía por Islandia.

Una día más, preparamos el desayuno que no es más que un triste café con leche de sobre, unas cuantas galletas dulces y algo de embutido y nos preparamos el equipaje, lo montamos todo bien el la bici y de nuevo ponemos pies en polvorosa, esta vez para pararnos a unos centenares de metros en uno de los parkings del parque. Candamos las bicis y nos disponemos a hacer la visita de una parte de la placa euroasiática a pie. Es realmente impresionante como aquí se puede visualizar claramente la deriva continental de ambas placas por lo que esta zona también es conocida como el puente entre dos continentes. Cada año se separan estas placas entre uno y dieciocho milímetros. Nosotros nos dedicamos a pasear hasta llegar a la cascada de Oexarafoss y nos quedamos un buen rato contemplándola, poco después seguimos visitando otras zonas, y escuchamos por el camino a un guía que está comentando que aquí se realizan unas de las más extraordinarias actividades que se pueden hacer en la isla que es la inmersión en el lago y bucear entre las fisuras de la fosa entre las placas continentales. Hay varias empresas en la zona destinadas a esto. Tras la visita a pie de toda esta zona del parque volvemos a por nuestras bicis y nos acercamos a la residencia de verano de los presidentes de Islandia. Tras hacer una breve visita por esta zona y entrar a la iglesia nos disponemos ya a partir hacia Selfoss, y lo hacemos muy contentos e impresionados por todo lo visto en el parque entre el día de ayer y de hoy, El Circulo Dorado de Islandia es una zona que vale la pena visitar.

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Nos metemos de lleno en la carretera con cuidado ya que al ser una zona turística los coches nos pasan continuamente, unos con más acierto que otros ya que algunos por miedo a tocarse con el coche de enfrente no llegan a dejar el metro y medio de distancia lo que hace que en algún momento temamos por nuestra integridad física y así se lo recriminamos a algunos conductores, aunque por suerte nos rebasan muy despacio.

Bordeamos el lago y de nuevo aparece la lluvia, y curiosamente centenares de moscas que al parar para ponernos las membranas impermeables y comer algo nos tocan bastante la moral, por no decir otras partes nobles del cuerpo. Como podemos nos las vamos sacando de encima y bajo la lluvia realizamos unos cuantos kilómetros de una manera serena, tranquila, observando el paisaje y de nuevo desaparece la lluvia y aparece el sol creando una nueva subida de las temperaturas, así que cuando llegamos al cruce con la 36 nos despojamos de chubasquero, chaqueta y demás material de invierno. El tiempo 4 estaciones de Islandia no deja de sorprendernos. En la 36 la circulación es de locos, los coches van a altas velocidades y nos van salpicando el agua aparte que muchos nos rozas, así que directamente abandonamos el arcén ya que tememos por nuestra integridad y nos metemos en el carril de la carretera propiamente dicho, como resultado nos han de adelantar como si fuésemos un vehículo normal y ahí se acaba la película. Todo se ralentiza aunque nosotros ejercemos un fuerte ritmo de pedal para llegar cuanto antes a la N1 y allí encarar Selfoss, cosa que hacemos en una media hora. Y ahí finalizamos la etapa.

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¡Adictos a los hot dogs islandeses!

Decidimos comer algún hot dog mientras buscamos en la guía el camping, pero hay demasiado tráfico, demasiado jaleo, demasiado murmullo, así que nos cruzamos una mirada, sonreímos y pasamos a montar de nuevo en las bicis entre risas. ¡Nos vamos a la costa!

Nos alejamos cantando como viejos piratas sobre nuestras bicis buscando lo que otrora fue uno de los puertos principales de Islandia.

Y hablando de piratas, barcos, y niños que no quieren crecer… me viene de nuevo a la mente Charles Foster Kane y “Rosebud”. Si Peter Pan hubiera musitado hipotéticamente algo en su lecho de muerte… ¿Hubiera sido Wendy?

 

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