Rumbo a la Sprengisandur. Escondite de gigantes, elfos y forajidos.

Rodeamos el Guest House por un carril bici, con la esperanza de volver sobre las fechas previstas, sin averías ni lesiones y con un montón de anécdotas y experiencia en las alforjas. Por este carril bici nos vamos directos al aeropuerto a coger uno de los numerosos autobuses que recorren la isla, y que nos ha de llevar a la capital primero, para allí pillar otro autobús que nos lleve hasta Hella, a unos 150 kilómetros, lugar que hemos elegido para iniciar la ruta debido al retraso de dos días que llevamos.

Al llegar a las taquillas nos pegan un palo de 4.400 coronas (unos 33€) a cada uno por recorrer unos 50 kilómetros, perplejos metemos las bicis en el maletero del autobús mientras que uno de la compañía nos pone mala cara por el espacio que ocupamos y se encarga de moverlas a mala leche, doblándome todo el soporte de las alforjas, cosa que veré más tarde y cual es nuestra sorpresa al subir que nos dice el conductor al entregarle los tickets que las bicis también pagan. ¡Otras 4.440 coronas por bici! No damos crédito y pagamos de mala gana. Uno de los primeros presagios que tenemos de que Islandia para nada es un país Bike-friendly como presuntamente se quiere hacer ver por ahí. Sin nada más que reseñar más que el monumental cabreo de las bicis llegamos a la capital y sacamos los tickets para llegar hasta Hella (16.000 coronas del ala), justo cuando empieza a llover. Esta vez instalan un portabicicletas en la parte trasera del autobús y las instalan aquí. Momento en que me doy cuenta del desperfecto del soporte, aunque el anterior autobús ya se ha ido por lo que no puedo reclamar, además… el autobús está a punto de salir.

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Portabicis trasero en el autobús que nos llevó a Hella.

Camino hacia Hella el tiempo se pone muy tosco, con inmensos nubarrones, viento y lluvia, ¿Al final habíamos venido a buscar esto, no? Nos miramos, nos reímos y nos relajamos en nuestros asientos. En hora y media llegamos a Hella y bajamos todo el equipaje y las bicis. El viento viene muy racheado, y prueba de ello es que al dejar los cascos en el suelo salen volando literalmente, así que vemos que lo mejor será siempre llevar atado todo bien, y el tiempo (el mal tiempo en este caso) nos dará la razón.

Buscamos un restaurante donde hacer nuestra última comida en condiciones en días y más tarde un súper mercado donde comprar algo de pan y pequeñas cosas de última hora.

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Nuestra última comida “civilizada” en días.

Y esta vez si, ¡Arrancamos! En seguida salimos a la Ring Road, la carretera de circunvalación de toda la isla que tiene una longitud de unos 1.300 kilómetros y sueño de cualquier cicloturista, pero ese no es nuestro sueño, sino vagar por las carreteras interiores, las de las tierras altas, lejos de todo signo de civilización.

Los pocos kilómetros que hacemos de Ring Road descubrimos que en efecto, este país no es tan amigo de las bicicletas por que los coches pasan a alta velocidad y a poca distancia de nosotros. En un breve espacio de tiempo, giramos por la 264 y empezamos a sentir lo que hemos venido a buscar… nada de tráfico y grandes espacios por los que rodar. La carretera sigue sin demasiada historia y simplemente sirve para ir tomando contacto con la bicicleta y ver como nos sentimos, que es fuertes y felices.

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Primeros kilómetros bajo un cielo encapotado.

 

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No hay palabras al rodar por estos caminos. Felicidad plena.

A los siete kilómetros aproximadamente torcemos por la carretera 268 y transcurrimos paralelos a un hermoso río, el primero de unos de los innumerables que nos vamos a encontrar a partir de ahora. El tiempo sigue malo, con mucho viento pero por suerte no nos llueve, así que vamos devorando kilómetros hasta llegar a un punto donde se acaba la carretera y empieza una pista muy pedregosa, en donde paramos a comer algo, justo cuando nos empieza a llover así que aprovechamos para ponernos el traje de agua completo y arrancamos de nuevo. Tras varios kilómetros más y como son alrededor de las ocho de la tarde decidimos parar en un bucólico lugar entre el río y el monte Bjöfell, en un lugar que en principio parece resguardado del fuerte viento, nada más equivocados estábamos.

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Uno de los muchos hoteles “mil estrellas” en donde dormimos.

Tras buscar el mejor sitio para plantar la tienda, desmontamos alforjas de las bicis y montamos la tienda, para poco después tener que meternos dentro debido a la incesante lluvia que no deja de caer. Cocinamos en el avancé de la tienda un puré de patatas y alguna cosa más y tras charlar un rato sobre como ha ido el día nos metemos en el saco, pero los constantes envites del viento sobre la tienda y el propio ulular apenas no nos deja pegar ojo, así que resulta ser una noche bastante intensa en la que hemos de salir varias veces a reforzar los vientos de la tienda para que no se la lleve. Al final decidimos amarrar los vientos a nuestras bicis y la cosa mejora bastante.

 

Amanecemos muertos de sueño pero la ilusión por llegar a Landmanalaugar nos puede más que otra cosa, así que desayunamos y nos ponemos a recoger todo bajo ese fuerte viento que no ha parado en toda la noche. Cuando arrancamos con las bicis la cosa no mejora y vamos tambaleándonos al ritmo que marca el propio viento hasta llegar a la F26, la Sprengisandur donde solo haremos hoy unos 12 kilómetros ya que nos desviamos hacía las montañas para al día siguiente retomarla un poco más adelante.

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¡Por fin la Sprengisandur!

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Único lugar que encontramos para resguardarnos del viento y comer algo.

Una tierra de gravilla nos está esperando inmisericorde, que unido al viento hace que tardemos más de dos horas en hacer esos 12 miserables kilómetros, la mitad de ellos arrastrando la bici y sin parar de llover, doblamos por la F225 y la cosa mejora algo, ya que vamos algo más protegidos por las montañas pero andamos demasiado cansados para disfrutar de la bici, seguimos como podemos a paso muy lento debido al mal estado del camino y al desanimo, incluso con tan solo 40 kilómetros realizados en unas seis horas pensamos en acampar y esperar a ver si el tiempo mejora mañana, pero seguimos adelante sabedores de que aún nos quedan 25 kilómetros por delante. Poco después y cansados de luchar contra viento, frío y lluvia nos sabemos perdedores y paramos un autobús que va a Landlamalaugar y decidimos subirnos a él. Entramos empapados y nos sentamos en el primer hueco que encontramos, y así derrotados aunque contentos de haber luchado llegamos a nuestro destino de hoy.

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¿Esto es Marte?

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Zona de acampada de Landmanalaugar.

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Paisajes impresionantes.

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La zona está bastante llena de excursionistas.

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¿Dónde has dejado el jamón?

Esta parte de Islandia es muy conocida por los senderistas, cicloturistas como nosotros y aventureros en general, y es la puerta de entrada por el lado sur a las tierras altas. Sus montañas se nos antojan montañas pintadas a acuarela y además con muy buen gusto. Disfrutamos de esas vistas mientras nos vamos a montar la tienda, eso si… en un roquedal, la parte de hierba está totalmente inundada debido a toda la lluvia caída durante las últimas horas así que toca hacer de tripas corazón y montarla sobre una superficie bastante dura, de hecho el peor lugar para dormir que tendremos en toda la travesía. Hay centenares de campistas por todos los lados, y los servicios son pésimos. Apenas unos pocos lavabos y duchas que funcionan con 500 coronas y que te dan agua caliente para apenas cinco minutos. A la hora de cenar la cosa no mejora ya que solo hay tres mesas para tantas personas y se forman largas colas para cocinar, así que de nuevo optamos por cocinar en el avancé de la tienda y desear que el día de mañana sea mejor. Por lo que la gente dice y comenta, se espera una ventana de buen tiempo en las tierras altas, nos metemos en el saco con el deseo y la esperanza de que sea así, mientras… la lluvia sigue cayendo sobre nuestra tienda.

Recorrido realizado:

Sin título

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3 Respuestas a “Rumbo a la Sprengisandur. Escondite de gigantes, elfos y forajidos.

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