Camino de Santiago Aragonés.

5:15 de la madrugada. Suena “Killling in the name” de Race Against The Machine  en el móvil, no… no estoy de Rave, toca levantarse y esta música suena como preludio de lo que ha de ser una buena jornada cicloturista. Kilos de nerviosismo y toneladas de sueño se apoderan de mí. Hace varios meses que no monto en mountain bike y aunque la ruta es de apenas tres días si que tengo algún pequeño hormigueo en el estomago. Me preparo el desayuno y veo que no hay leche así que lo apunto en el bloc de notas pegado en la nevera, me pillo las tostadas… ¿Y la mantequilla? Lo apunto también, le pongo un par de cucharadas de mermelada de naranja y tomo el café mientras miro por la ventana, es noche cerrada y apenas hay nadie por la calle. Reviso mentalmente que no me deje nada (anteriormente ya lo he hecho en más de diez ocasiones), me visto, pillo la bici y la monto en el coche. Arranco y pongo rumbo a Jaca, allí pienso coger el autobús que me lleve hasta Somport, punto de partida del Camino de Santiago aragonés el cual une este puerto de montaña con la localidad navarra de Puente La Reina a través de 165 kilómetros de increíbles y cambiantes paisajes. Es un camino muy bien estructurado, señalizado y sin problemas de alojamiento o abastecimiento, así que no tengo claro los kilómetros que haré ni donde dormiré, y la verdad es que no me preocupa en absoluto, solo me apetece disfrutar y pedalear, tengo ganas de sentir la fuerza del Pirineo en primera instancia y poco a poco irme diluyendo mentalmente en los paisajes de la Canal de Berdún, hasta llegar a Navarra. Mientras mis pensamientos fluyen entre paisajes remotos y  próximos proyectos a pie o en bici, llego a Quicena y me paro a tomar un café. ¡Glupsss! Restaurante cerrado, así que vuelvo a montar en el coche y tiro hacía Monrepós, noto a través del termómetro del coche como va bajando paulatinamente la temperatura ambiente aunque tengo la esperanza de que a pesar de empezar a 1.600 metros de altitud no haga demasiado frío por que el día se muestra soleado. Al llegar arriba de Monrepós  avisto todo el Pirineo en su esplendor, una inmensa mezcla de alegría, añoranza  y de serenidad me invade, el ritmo de Gong Endir de Sigur Ros que suena en la radio aún hace crear una atmosfera más mágica. Las montañas están nevadas, apenas  es mediado de Marzo así que imagino que en el primer tramo no podré ir por caminos y tendré que bajar por la carretera, al menos hasta Castiello de Jaca. Llego a Sabiñanigo y aquí si, el hambre ya me puede y paro a hacer un café y a comer algo. Tras reponer energías salgo en dirección a la capital de la Jacetania por la autovía, a mi izquierda queda La Peña Oroel, un monte que a pesar de no llegar a los 1.700 metros de altitud tiene una tremenda personalidad y se avista desde muchos kilómetros de distancia. Me vienen a la mente la cantidad de noches estrelladas que he vivaqueado por esa zona, también las noches que no eran tan estrelladas. Con todo esto entro en Jaca, aparco en una de las calles secundarias, preparo la bici, monto las alforjas, me cambio de ropa y me voy directo a la estación de autobuses. Espero un rato sentado al Sol, hace frío y algo de viento pero es más que soportable para esta época del año. Monto en el autobús y me dirijo hasta Somport, tomo asiento en la parte izquierda. Arrancamos y pronto diviso la Ciudadela, más adelante a mi derecha la Escuela Militar, salimos de Jaca y vamos atravesando pequeños pueblos que en un par de horas lo haré en sentido contrario con la mountain bike. Varias señoras que vienen del  mercado charlan animadamente mientras yo sigo inmerso en mis pensamientos y me pregunto que tal responderá mi espalda después de tantos meses lesionado, intento también recordar los nombres de las montañas que voy avistando y así se van sucediendo los minutos hasta llegar a la estación de Somport, bajo del autobús y saco la bici del maletero, la apoyo  en un banco y me dedico durante unos minutos a pasear alrededor de la zona para impregnarme de toda esa fuerza que me trasmite el Pirineo. En efecto, el día es soleado, ventoso y frío. En efecto, la cantidad de nieve acumulada en el camino no me va a dejar más remedio que transitar por la carretera. Me coloco el calzado, los guantes, el casco y las gafas, inspiro, encalo, expiro, inspiro y le doy el primer golpe de pedal a la bicicleta. Como por arte de magia empieza a moverse, un golpe de pedal sigue a otro y así la bicicleta va pillando velocidad, pongo el plato grande y pedaleo suave pero enérgico, un pedaleo redondo, fácil, sin demasiado esfuerzo voy sumando kilómetros. Y así llego en primera instancia llego a Canfranc Estación, sello aquí la cartilla peregrina y tras mirar el primer sello sonrío. Se que ese primer sello, esa primera marca en la peregrina es el principio de muchos golpes de pedal, de muchas  satisfacciones, de encuentros con otros peregrinos, de conversaciones, y sobre todo de introspección, mucha introspección. Me asomo a unas escaleras que bajan a pie de la presa de Canfranc y veo que allí no queda rastro de nieve, bajo la bici y me hago unas fotos. Las primeras. IMG_2838     IMG_2841   Poco después me adentro en un pequeño sendero siguiendo las marcas amarillas, es un tramo poco ciclable que se interna en un pequeño bosque y así se van sucediendo los kilómetros mientras trato de aguantar el equilibrio y la dignidad sobre la bici llego a Canfranc, donde prosigo hasta Villanúa, donde el camino se hace pista y puedo pedalear con mayor frescura, sin mayor problema y a ritmo de crucero llego hasta Castiello en donde tendré que cruzar de nuevo la carretera y transcurrir paralelo al Río Aragón hasta llegar a un túnel y así continuar por un camino a la derecha de la carretera hasta llegar a Jaca en el kilómetro 30. IMG_2843 En esta localidad, los peregrinos ya pueden hacer un alto en el camino y quedarse a pasar noche. Hay un buen albergue de peregrinos, aunque también existen decenas de alojamientos de distintos precios y calidades. La población cuenta con todo tipo de servicios. IMG_2845 Apenas he invertido un par de horas desde Somport así que paro a comer aprovechando que el Sol calienta y puedo sentarme en una terraza para no perder de vista a “Samsara”, mi fiel compañera de viaje. Mientras como decido donde voy a dormir y al final pienso en que en cuando empiece a atardecer buscaré la localidad más cercana para pasar noche, no quiero agobiarme haciendo planes y así lo hago. Tras una comida ligera y un té bien caliente monto en la bici y emprendo de nuevo el recorrido hacía la salida de Jaca no sin antes darme una vuelta por la ciudad. En el tramo de salida de Jaca hay que prestar una especial atención si vas en bicicleta ya que se cruza varias veces la carretera y el tráfico aunque no es demasiado intenso si que circula veloz así que extremo las precauciones y así llegamos a Esculabolsas en donde en un pequeño prado me encuentro a un pastor, tras saludarnos me pregunta a donde voy y tras parar y comentarle hacía donde me dirijo entablamos una amena conversación que me hace bajarme de la bici y acabamos sentados en un talud hablando del tiempo, el trabajo, la familia, los avances tecnológicos, el ganado, bicis y un largo etcétera hasta que como veo que va atardeciendo decido ponerme rumbo a la localidad más próxima que no es otra que Santa Cilia de Jaca. Tras despedirnos observo como el tiempo ha pasado rápidamente y el ocaso del Sol se empieza a intuir, ese momento en que nuestra energía vital mengua y nuestro cuerpo empieza a cambiar de estado, no estoy nada cansado a pesar del viaje hasta Somport en coche y luego los pocos kilómetros que llevo sobre Samsara pero mi cuerpo y sobre todo mi mente van transitando de la alerta a un estado mucho más relajado, soy consciente de esa transición y simplemente me dejo llevar por un pedaleo automático, un automatismo que he ido perfeccionando a lo largo de muchos años montando en bicicleta, tantos casi como años de vida tengo. Intercambio la mirada en el suelo para ver por donde voy con la mirada puesta en el infinito y el día, imagino como un justo premio a mi esfuerzo me regala una puesta de Sol magnifica justo cuando empiezo a callejear por Santa Cilia y decido parar a dormir en Casa Ángel, donde ya he estado otras veces y siempre me es grato pasarlos a ver, saludarlos y quedarme en su alojamiento. Una opción más que recomendable. Mañana a estas horas estaré en tierras navarras.

Al día siguiente me despierto temprano, relajado, sonriente. Es demasiado pronto para bajar a desayunar así que tardo en desperezarme, se está muy bien en la cama así que repaso la etapa del día que es simplemente llegar a Sangüesa, a escasos 60 kilómetros de Santa Cilia y con apenas 350 metros de desnivel acumulado que es la subida al Alto de la Peña Musera.

Pasado un buen rato decido levantarme, vestirme ya con la ropa de bici e ir preparando las alforjas. Cuando lo tengo todo hecho miro por la ventana e intuyo un día apacible, soleado y sin viento así que decido finalmente no abrigarme demasiado. Bajo a desayunar y me encuentro a un viejo conocido, Michael, un jubilado británico cuyo hobby es volar con un velero aprovechando la aerodinámica del avión así como las térmicas que me dice son tan buenas en esta zona, a pie de los Pirineos. Me siento a su lado y en seguida nos ponemos al día de nuestros últimos viajes, me pregunta también que tal va el libro que llevo tanto tiempo escribiendo.

– Vaya Michael, ¡buena memoria! Le contesto.

Le digo que sigue como siempre, muchos apuntes, unas cuantas páginas escritas, la historia en mi cabeza y pocas ganas de terminarlo.

Se ríe y me dice que ya es la tercera vez que escucha eso.

Cuando acabamos de desayunar, nos despedimos con la certeza de que pronto volveremos a vernos. Poco después subo a la habitación y recojo lo poco que queda, voy a buscar la bici y tras despedirme de Ángel, su hermana y su cuñado lleno los botellines en el parque de la entrada del pueblo, saludo a unos peregrinos que están haciendo lo mismo que yo, me monto en la bici, encalo y de nuevo… la libertad.

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Como intuía, el Sol va a ser mi único compañero de viaje junto con Samsara así que me impregno de esa energía que me trasmite el Astro Rey. De nuevo pedaleo tranquilo, suelto, de nuevo los pensamientos positivos me invaden y golpe de pedal a golpe de pedal llego al cruce de Puente La Reina de Jaca, tiro por una carretera asfaltada siguiendo las marcas amarillas y poco después llego a un desvío por sendero pero no lo pillo por que las últimas lluvias han dejado el camino casi impracticable así que continuo por la pista que también está marcada con marcas amarillas y así paso por la Venta Samitier y poco después por el camino que sube a Arrés aunque ya no pasaré por ningún pueblo hasta llegar a Ruesta siempre siguiendo las marcas amarillas del camino de Santiago. La pista es muy llana y ancha y es perfecta para el bicigrino aunque pienso que para la persona que va a pie se debe hacer algo monótona, voy cómodo así que meto un piñón más pequeño y me permito el lujo de acelerar un poco más y notar como la sangre fluye más rápidamente por mis piernas. Los kilómetros se van sucediendo por la Canal de Berdún, justo en el desvío de Artieda veo ya el Embalse de Yesa así que relajo la cadencia del pedaleo durante un rato. Justo cuando transcurro paralelo a Embalse decido que en Ruesta pararé a comer y ya emprender con más energía la subida al alto de Peña Musera y unos dos kilómetros más adelante me encuentro con el pueblo, paro y saco de la mochila un bocadillo, un botellín de agua y unos frutos secos, pienso en esos momentos que a gusto me bebería una cerveza bien fresquita y justamente cuando me siento veo un cartel que pone que hay un bar a unos 200 metros. Meto todo en la mochila y en cinco minutos estoy disfrutando en la terraza del Albergue de Ruesta de una fría cerveza, de un imponente sol y se una estupenda conversación con otros peregrinos. Pienso en quedarme allí todo el día y pasar la noche en el albergue pero al final mi sentido común y mi cuentakilómetros me dicen que no, que he de continuar a Sangüesa, final de la etapa de hoy, así que poco después me despido y encalo.

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Enfilo una pequeña carretera que un par de kilómetros después al girar a mano derecha se convierte en una pista de tierra que va subiendo paulatinamente hacía el alto de la Peña Musera, conforme voy avanzando metros el Embalse de Yesa se va mostrando en todo su esplendor y pienso en la controversia que ha creado este embalse desde que se ha anunciado su recrecimiento y los peligros que conlleva para la población.

Y así, una vez más absorto en mis pensamientos y al ritmo de las mariposas llego al collado, en donde me espera un bonito descenso a pesar que durante la subida el cielo se ha ido tornando de un tono plomizo y el viento reclama un poco de protagonismo dentro de esta pequeña aventura. Detengo la bici y me pongo el cortavientos, aprovecho para beber un poco y enseguida me pongo en camino, el viento me azota en la cara de una manera brusca y se ha perdido todo el contraste que el sol provocaba en el camino, en los campos, o en las montañas del Pirineo, esas montañas que ayer dejé atrás, a mis espaldas poniendo tierra de por medio a través de unas marcas amarillas en el suelo, en postes de la luz, en piedras, en rocas o en paredes de las casas, unas marcas que otros miles de personas han seguido por motivos deportivos, religiosos, culturales o simplemente como una promesa a un deseo cumplido, o por una enfermedad curada que han sufrido ellos mismos o algún amigo o familiar… Los pensamientos me azotan y el viento también, así que procuro prestar la máxima atención a la conducción de la bicicleta y pongo en ella todos mis sentidos, curioso que hace apenas una hora estuviera disfrutando del solecito de Marzo en una terraza con una cerveza en la mano. Y así con sumo cuidado y con un pedaleo contenido voy bajando hasta dejar a mi izquierda Undués de Lerda y llegar a la comunidad de Navarra, donde paro a inmortalizar el momento justo cuando empiezan a caer unas tímidas y pequeñas gotas de agua que ya me acompañaran hasta el final de la etapa diez kilómetros después. Al llegar a Sangüesa me voy directo al albergue, en la calle Enrique de Labrit, llamo a la hospitalera por teléfono y enseguida viene a abrirme así que hago lo de cada día, estirar, lavar la bici, ducharme y comer un poco. Justo a la hora de cerrar el albergue llega una chica procedente de Canadá que está realizando el camino y tras saludarnos emprendemos una animada conversación sobre filosofías de vida, viajes y nomadismo que nos llevará hasta las tantas de la madrugada, hora ya de retirarnos a dormir con la certeza de que con días como estos merece el esfuerzo de pedalear o caminar. Días como estos te enriquecen espiritualmente un poco más y te hacen plantearte muchos aspectos de tu vida. Me meto en el saco y me quedo dormido enseguida, esbozando seguramente una gran sonrisa.

Me despierto. Algo está clavado en la espalda. Rebusco por entre el saco y con mucho esfuerzo y aires de contorsionista consigo sacar el GPS, por lo visto se quedó anoche abandonado dentro del saco y como no, se ha ido a poner en el mejor lugar para destrozarme mi columna vertebral. Miro el reloj y apenas son las seis pero ya no tengo sueño así que opto por levantarme ya que me invaden las ganas de pedalear. Salgo del saco en silencio, sin apenas moverme para no despertar a la chica canadiense que duerme plácidamente en el otro lado de la habitación, bajo todas las cosas al comedor y allí tras asearme me cambio de ropa y me pongo el “mono de trabajo”. Coloco todo en su sitio, saco la bicicleta a la calle y me dirijo a buscar una panadería justo al lado del albergue y que ayer ya me comentaron que abrían muy temprano. Dejo la bici candada fuera y entro, un agradable olor a pan recién horneado invade mi sistema olfativo y activa la hormona esa del dichoso hambre, así que me dispongo a complacerla con un buen bocadillo de jamón, zumo de naranja y más tarde algo de dulce y un café con leche. Mientras le doy el último bocado al croissant de chocolate y haberme empapado las noticias del día en la tele del establecimiento llego a la conclusión de que es lo de siempre… hambre, desalojos, crisis, guerras, mentiras, corrupción. Y lo peor de todo es que poco podemos hacer, ¿O algo si podemos hacer? Mientras se debaten en mí estas dos preguntas, pago y salgo afuera a buscar la bici, monto sobre ella y me voy a buscar una fuente donde llenar los bidones de agua. La encuentro en La Plaza General de los Arcos y ahora si, encalo y pongo rumbo a Puente La Reina, donde los dos caminos, el Aragonés y el Francés se hacen uno.

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A pesar de no tener sueño la caraja que llevo es importante, así que me congratulo de que el aire gélido de la mañana me de en la cara y me haga desperezarme lentamente, paso por delante de la Portada de Santa María la Real y cruzo el puente sobre el río Aragón, la última vez que lo veré en esta ruta. Giro a mano derecha y salgo a la carretera así que enciendo las luces traseras, aunque eso nunca sea garantía de nada y unos cuantos centenares de metros después rompo a mano izquierda para subir a la localidad de Rocaforte, recorro un pequeño sendero en mal estado para la bici así que acabo empujando cuesta arriba a mi fiel compañera, lo lógico para mi bici y yo hubiera sido seguir por la carretera que sube a Rocaforte pero es lo que hay. Una vez en esta pequeña localidad me desvío en dirección al Alto de Aibar, el camino hasta allí es una subida contenida y sin descanso por una pista en excelente estado, algo monótona para mi gusto a pesar de haber alrededor olivos, vides y divisar enfrente unos molinos de viento… y así transcurren varios kilómetros hasta llegar a un pequeño sendero donde se puede pedalear a pesar del mal estado del terreno. Una vez llegado arriba y tras superar una estrecha cerca, el camino se convierte en un pequeño sendero cuesta abajo y rodeado de una exuberante vegetación y con unas buenas vistas del pueblo de Lumbier, y así aguantando el equilibrio como puedo, patinando más de lo debido por el barro en los repecho y frenando más de lo aconsejado en las bajadas encaro una buena pista de tierra hasta llegar de nuevo a una cerca cerrada, esta vez completamente embarrada, el barrizal es de campeonato así que busco opciones para no pasar por allí con el GPS, pero no veo nada recomendable así que empujo el portón y me lio a caminar empujando la bici y con el barro por los tobillos maldiciendo por unas cuantas decenas de metros mi suerte hasta que al rato el camino se hace más transitable y puedo montar salpicando barro y agua por todas partes hasta parecer una pechuga de pollo rebozada y llegar así a Izco en donde hay otro albergue de peregrinos. Desde Izco a Monreal, poca historia en forma de pista en buenas condiciones y algo de carretera hasta que en las inmediaciones de Monreal se pasa por un sendero entre un robledal muy divertido aunque mi transmisión se está continuamente quejando debido a toda la masa de tierra que lleva pegada por lo que al llegar a esta localidad, me detengo en el albergue de Peregrinos para pedir un cepillo grande con el que lavar la bici en cualquier fuente del pueblo.

Tras comprobar mi estado la hospitalera, me invita a que me duche en el albergue y me comenta que si no tengo demasiada prisa la comida en un Restaurante anexo se sirve bien pronto para los trabajadores de la zona, como no tengo prisa y no me quiere cobrar nada por utilizar las duchas del albergue acepto quedarme a comer, así que con toda la parsimonia del mundo me dirijo a una fuente a lavar la bici, que queda como nueva tras unos buenos vapuleos con el cepillo, tras el secado y posterior engrase queda lista para afrontar la última parte del recorrido.

Regreso al albergue y me ducho, enjuago bien la ropa embarrada y la tiendo al sol de media mañana para ir a tomarme un buen refresco antes de comer.

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