Las niñas buenas no van al Polo Sur.

Una de las cosas que con más cariño recuerdo de mi infancia es cuando por Nochebuena o por mi cumpleaños, (casi coinciden en el tiempo) me regalaban algún “click” de Famobil, aquellos famosos muñequitos comercializados hoy en día por la marca Playmobil con los que tanto nos gustaba jugar a los niños de mi generación, aquellos que nacimos a finales de los sesenta o principios de los setenta.

Como curiosidad, os cuento que más tarde descubrí que la versión femenina se llamaba “clack”, que en el resto del mundo se conocían como “klicky” y que eran de procedencia germana aunque aquí los fabricaba  la juguetera española Famosa, ubicada en Onil (Alicante).

En aquella época, me pasaba las horas en las que no estudiaba o leía, distraído y absorto jugando con estos muñecos, tenía como una docena de estos simpáticos y poco articulados muñecos con sus complementos, pero  realmente lo que me hacía disfrutar era fabricarle largas barbas de algodón, tiznarle las caras con pinturas de color oscuro de carnaval y fabricarle pequeños trineos hechos de palillos planos y pegamento Imedio y con trozos de tela los vestía de manera que parecieran exploradores ártico-antárticos (Aunque reconozco se que parecían más a Papa Noel mendigando, llenos de mugre  y venidos a menos que otra cosa) y para el enojo y continuo cabreo de mi madre que me llevó algún que otro castigo los metía en el congelador, (esos que habían dentro mismo de las neveras,  los cuales para abrir el congelador tenías que abrir antes la nevera) para poder jugar con ellos entre grandes trozos de hielo, chuletas de cerdo y trozos de lomo congelados, justo cuando andaba librando alguna batalla y la imaginación me llevaba en volandas entraba mi madre a la cocina y me gritaba.

–   ¡Cierra el congelador que se escapa el frío!

Así que como digo  esos castigos me llevaron a desistir de meterlos entre polos hechos de Fanta y algún que otro calamar congelado para deshacer bolas de poliespán  y montar unas puestas en escena en mi habitación que ríete tu de los atrezzos de Cecil Beaton.

Liv  Arnesen también soñaba de bien pequeña con el Polo Sur, leía todo sobre las expediciones a ambos polos y tuvo la enorme suerte de visitar la casa de Fridtjof Nansen en Lysaker, a las afueras de Oslo. Después de volver de la casa de Nansen comenzó a leer uno de sus libros y aunque este no le enganchó, se hizo al día siguiente con una edición  escolar de Amundsen sobre su viaje al Polo Sur y ya empezó a sentir esa atracción por los territorios gélidos, la soledad, el frío, el silencio, las mesetas blancas y otros tantos y tantos atractivos componentes (para otros igual no tanto) que deben tener los polos.

Cuando muchos años más tarde leyó que Petersen había cruzado Groelandia con esquís se le ocurrió cruzarlo a ella (evidentemente ya llevaba años esquiando con una preparación física y mental muy fuerte), y en 1992 Liv finalmente lo consiguió formando  parte de una expedición de mujeres que consigue llegar de un extremo al otro de Groelandia sin ayuda externa.

Pero no contenta con esta gesta y a partir de aquí, comienza los preparativos para lo que iba a ser la aventura de su vida hasta la fecha y llegar al Polo Sur desde Hercules Inlet  con esquís, arrastrando un trineo con unos 100 kilos de peso y en completa soledad, que es el hilo conductor del libro “Las niñas buenas no van al Polo sur” que acaba de editar Interfolio dentro de su colección “Leer y viajar actual”,  en el cual  Liv Arnesen narra todos los problemas que tuvo primero con la sociedad en general, los patrocinadores y la familia para preparar esta larga travesía en solitario por territorios extremos así como la preparación física y psicológica  que para lograr alcanzar su objetivo la Nochebuena del año 1994 tras 50 días y 1100 kilómetros de ruta.

Un libro que aunque ni mucho menos tiene la prosa, las penurias, y las inquietudes de los primeros exploradores que pisaron esta región del Planeta Tierra si que guarda la filosofía y las ganas de aventuras de estos primeros descubridores que tanto nos han hecho soñar a muchos.

Viento en contra, sastrugi en transversal, duras lomas, grietas, nula visibilidad, cansancio, soledad, felicidad, vendavales, tormentas son alguno de los componentes de este relato, que alterna en su narración el viaje en esquís al Polo Sur con historias pasadas y muchas reflexiones… un libro que puede ser el compañero perfecto de nuestras salidas a la montaña o para nuestras tardes en casa.

Hace unos días me llamó mi madre para que le echara una mano para poner en marcha un congelador de cofre que se acababa de comprar para ir congelando algunos canelones caseros y otras cosas que tanto le gusta hacer y luego regalar a hijos y nietos. Tengo que decir que es una estupenda cocinera y seguro que algunos de los que estáis leyendo esto podéis dar fe de ello así que raudo y veloz me presté a ello y tras montarle unos cables y un nuevo enchufe en la habitación pequeña de su casa lo conecté… y al abrir el congelador un rato después para introducir algunos alimentos, miré dentro  y observé lo espacioso que era este congelador, me invadió la nostalgia e imaginé cuantas batallas contra los elementos y contra el cansancio hubieran podido librar ahí mis viejos “clicks” de famobil que aún conservo en alguna perdida y polvorienta caja en el desván… Por detrás mi madre sonriendo me dijo, anda Alfonsito, cierra el congelador que se escapa el frío. Cerré el congelador lentamente, me giré  y le di un beso. Hay cosas que por fortuna nunca cambian.

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Podéis descargar el pdf de las primeras páginas aquí

“Las niñas buenas no van al Polo Sur”  (Liv Arnesen)

Editorial Interfolio (Leer y viajar actual)

P.V.P. 22, 50 €

 

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