Once upon a time…

Una de las películas que más me ha fascinado y llamado la atención a lo largo de toda mi vida es “El tiempo en sus manos”, largometraje estrenado en el año 1.960 y basada en el libro “The time machine” de H.G. Wells, escrito en 1.895.

No os contaré la sinopsis del libro ni de la película, ni tan siquiera del posterior remake estrenado en 2.002 ya que no es el objetivo de esta entrada, pero si que os diré que después de ver esta película que trata sobre viajes en el tiempo, me asomaba a la ventana de mi habitación y contemplaba la ciudad imaginando como sería tener la máquina de Wells y poder viajar al pasado (El futuro nunca me interesó demasiado) para que todo signo de civilización desapareciera y los edificios dieran paso a los bosques. Divagaba imaginándome allí en medio, rodeado de naturaleza y respirando aire puro.

Afortunadamente nunca necesité una máquina del tiempo para poder estar rodeado de naturaleza y poder respirar aire puro (en la medida de lo posible), bastaba con que llegara el fin de semana para que mis padres me llevaran a hacer todo tipo de actividades por ahí fuera… cuando ya pude ir por mis propios medios también me dediqué a hacerlo los días laborables, y en excursiones de un día solíamos ir a la zona del Cabrerés, la zona que nos ocupa esta pequeña excursión.

Íbamos casi todos los días,  desayunábamos en cualquier bar, desplegábamos los mapas de la zona y con ayuda de los lugareños o de otros excursionistas trazábamos rutas a bolígrafo en fotocopias de estos mapas para luego seguirlos con una brújula, algo de intuición y mucha suerte. Eran momentos muy divertidos y apasionantes, casi siempre acabábamos perdiéndonos pero eso no nos importaba demasiado (más tarde se hizo obligatorio no perderte nunca), de hecho ya lo dábamos por hecho y casi siempre a la segunda o a la tercera ocasión que realizábamos esa ruta conseguíamos una ruta entera y circular que anotábamos en nuestro cuadernos de bitácora para más luego explicarla en alguna revista de rutas, acompañándola de fotos que tenían que pasar varios días para poder revelarlas y ver el resultado impreso en papel. Eran tiempos de escuchar en el cassette del coche a Los Rodríguez, Radio Futura o AC-DC. Ahora quizás los tiempos han cambiado, tal vez por que disfrutamos de equipos de alta fidelidad en los automóviles con mandos en el volante para no distraernos, GPS con satélites rusos incluidos, y cámaras en las cuales no solo vemos la imagen de manera inminente sino que si tenemos algo de suerte y 3G podemos presumir delante de nuestros “amigos” de las redes sociales de que estamos haciendo el zángano por la montaña un Martes cualquiera mientras ellos trabajan.

Si, posiblemente los tiempos han cambiado, pero no así la esencia de muchas cosas porque a pesar de todos los avances tecnológicos muchos seguimos teniendo una simpatía muy especial por las cosas normales y corrientes, que para nosotros nos resultan extraordinarias. Y a pesar de que hacía muchos años que no subía a la Foradada hoy he decidido hacerlo aprovechando que por fin he aceptado que estoy lesionado de la espalda y que durante bastante tiempo y a mi pesar no voy a poder montar en mountain bike.

Hablemos de la ruta:

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El sendero de la derecha nos llevará sin ningún problema hasta La Foradada.

He dejado el coche a la salida de L’ Esquirol y casi a pie de la ruta. He elegido la parte derecha de la riera en vez de la izquierda, por que recordaba que las últimas veces que había subido por el lado izquierdo el camino quedaba bastante cerrado, como así ha sido.

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Primer desvío, lo pillaremos a mano izquierda.

Cogemos la pista que sube en la vertiente derecha ya que es más fácil de seguir y el camino es más amplio. Dejamos una masía a nuestra izquierda (El Campàs) y seguimos por un ancho sendero bien marcado. Poco después a nuestra izquierda encontramos un desvío que en unos veinte metros nos baja hasta una fuente de agua no potable, desestimamos este camino y seguimos por el camino principal para seguir bordeando la riera, poco a poco iremos viendo las enormes formaciones rocosas de encima de la Foradada delante nuestro y a nuestra izquierda mientras vamos cogiendo altura. Tras un par de kilómetros llegaremos a un  desvío que hemos de coger a la izquierda a no ser que queramos seguir en dirección a Cantonigrós, cuando hayamos recorrido unos pocos metros, de nuevo hay otras marcas de desvío a la izquierda que nos harán bajar a la Foradada por un estrecho sendero lleno de piedras, un poco resbaladizo en caso de humedad y con unas barandillas  para en caso de resbalar no caer hacia abajo del camino, una idea muy acertada pensando en que bajan muchos niños a la Foradada.

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Barandillas y sendero ya encarando la última parte antes de llegar a La Foradada.

Poco después ya escuchamos el sonido del agua al precipitarse desde lo alto de la cascada, lo mejor se reserva hasta el final ya que la vegetación no nos deja ver todo el espacio hasta que estamos justo delante de ella. Cuando llegamos observamos un lugar mágico, fresco y muy recogido… La Roca foradada nos queda a nuestra izquierda, la cascada justo enfrente y una buena poza de agua para en caso de que haya bastante agua nos podemos dar un buen baño en verano.

La Foradada de Cantonigrós.

Si queremos llegar a la parte alta de la cascada, cruzaremos la riera e iremos paralelos a la gorga hasta que empecemos a subir, antes se podía subir o bajar esta zona sin ningún problema pero algunos deslizamientos de tierra han hecho esta parte algo más complicada, han puesto unas cadenas para agarrarse e incluso una pequeña escalera, pero al llegar no lo he visto muy claro ya que no había donde apoyar con seguridad los pies, así que he trepado justo antes por un pequeño camino que otros excursionistas han ido abriendo para saltarse esta parte más comprometida, después de esta pequeña trepada de unos cuatro metros ya accedes directamente al camino con líneas amarillas que te han de llevar a la parte de arriba de la cascada y que tiene unas magnificas vistas de la riera.

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Paso de cadenas, justo antes está la trepada.

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Vistas desde arriba de La Foradada.

Tras un pequeño descanso, he reseguido los hitos y las marcas amarillas para bajar, esta vez si por el lado que en mi opinión está en peor estado ya que a pesar de estar marcado, hay mucha maleza y el sendero está bastante cerrado aunque es mucho más intuitivo de bajada que de subida, se van pasado cerca de algunos miradores por los que asomarse y poder contemplar la riera. Poco a poco vas perdiendo altura y a lo lejos ya se divisa la localidad de L’ Esquirol, vadeamos una charca y nos metemos en un estrecho y cerrado sendero hasta llegar a una riera, podemos seguir por la riera hasta llevar a una pequeña balsa y luego regresar por el mismo camino o desestimar la balsa y continuar por el camino con marcas amarillas y llegar poco después a la carretera para regresar al punto de partida.

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El camino de bajada a veces se abre y presenta este aspecto.

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Cruzando la última riera antes de llegar a la carretera.

Al llegar al coche, desconectar el GPS y sacar la ropa seca de la mochila, en el fondo de la misma he mirado de reojo al mapa de papel que llevo siempre y a mi antigua brújula, he sonreído y he pensado… ¿De verdad los tiempos han cambiado? Por que sigo maravillándome con esas pequeñas y cotidianas cosas que indudablemente me sorprendían hace ya… ¿tanto?

Track de la ruta aquí

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